En el cine moderno, "la espera" del espectador se está convirtiendo en un lugar común. Esos planos dilatados en los que vemos a una mujer planchando, una calle desierta, esos detalles sin ninguna finalidad narrativa que deberían durar diez segundos pero que el cineasta se empeña en alargar varios minutos. Es una costumbre tan extendida que hasta una película que lo utiliza de un modo tan vacío como "La soledad" ganó el año pasado el primer premio de la industria.
En las películas de Abbas Kiarostami hay un plano que se repite: el de un objeto que cae por el suelo y rueda. En vez de mantener la imagen el tiempo necesario para narrarlo, este cineasta iraní suele mirar al objeto un buen rato, hasta que se detiene o sale del campo de visión. A primera vista parecerá superfluo, otro detalle aburrido y pedante como el resto. Pero hay algo en estos planos que lo aleja del uso inútil de cara a la galería (de arte). Esas latas, esas naranjas que Kiarostami filma en trayectorias rectas o extrañas tienen algo de misterioso. Philippe Garrel filma rostros de mujeres durante minutos y minutos; el relato no avanza, pero algo en su mirada, y también en la mirada devuelta de la mujer, hipnotiza.
Quizá por haber tenido una época de timidez enferma, podría pasarme horas observando las interacciones sociales de la gente: viendo cómo se saludan, los gestos que hacen al hablar, la forma en la que se miran o se besan. Para otros, supongo que sería el colmo del aburrimiento.
En el cine, es fácil saber quiénes se están aburriendo pero tienen que hacerse los listos, y quiénes creen en la belleza de esos planos "vacíos".
martes 17 de marzo de 2009
lunes 5 de enero de 2009
Comenzó así
Tendría doce o trece años, es decir, en la frontera de la edad en la que se empieza a odiar a los padres. Los Simpson todavía no se habían quemado con tantas repeticiones, y después de comer me había sentado a verlos.
Mi padre llegó al lado, esperando su telediario. En mi casa los adultos siempre han pensado que toda animación es para niños, y aun ahora se ríen de mí si me pillan viendo Padre de Familia. Pero en aquel momento no había tirado la toalla, y me alegré de que viera un capítulo conmigo, con la esperanza de que cambiara de opinión.
Era el episodio en el que Marge se plantea abandonar a Homer por un francés baboso y jugador de bolos. Cerca del desenlace, Homer se huele algo y antes de ir al trabajo, intenta convencer a su mujer para que no se vaya. Ella está preparando el sandwich de sus hijos, y Homer sólo alcanza a decirle algo así como: "nadie es capaz de preparar los sandwich de mantequilla de cacahuete como tú, con cada ingrediente exacto, con todo en el centro para que quede perfecto. A mí siempre se me derrama por los lados, como a todo el mundo".
Yo con la simpleza y arrogancia de mi edad pensé que era otra homerada puesta ahí (como tantas otras a lo largo del capítulo) para mostrar los pazguato e incapaz que es como marido, y así se lo hice ver a mi padre. "Vaya tontería", solté sonriendo un poco.
Mi padre me miró y me dijo que no, que era su forma de decir que el amante francesito, con toda su palabrería, jamás le diría una cosa así. Que era su forma, su mejor forma, de decir que la quería.
Me quedé en silencio. Todavía hoy, cuando tengo que enfrentarme a comentar una obra narrativa me acuerdo de mi padre, sin estudios, sin interés ninguno por la cultura. De su capacidad de observación y de la posible relación de esa escena con una vida de matrimonio fiel. De cómo aprendí a pensarme las cosas dos veces, y buscar y apreciar las sutilezas.
Y pese a todo, mi padre sigue criticándome por ver los Simpson.
Mi padre llegó al lado, esperando su telediario. En mi casa los adultos siempre han pensado que toda animación es para niños, y aun ahora se ríen de mí si me pillan viendo Padre de Familia. Pero en aquel momento no había tirado la toalla, y me alegré de que viera un capítulo conmigo, con la esperanza de que cambiara de opinión.
Era el episodio en el que Marge se plantea abandonar a Homer por un francés baboso y jugador de bolos. Cerca del desenlace, Homer se huele algo y antes de ir al trabajo, intenta convencer a su mujer para que no se vaya. Ella está preparando el sandwich de sus hijos, y Homer sólo alcanza a decirle algo así como: "nadie es capaz de preparar los sandwich de mantequilla de cacahuete como tú, con cada ingrediente exacto, con todo en el centro para que quede perfecto. A mí siempre se me derrama por los lados, como a todo el mundo".
Yo con la simpleza y arrogancia de mi edad pensé que era otra homerada puesta ahí (como tantas otras a lo largo del capítulo) para mostrar los pazguato e incapaz que es como marido, y así se lo hice ver a mi padre. "Vaya tontería", solté sonriendo un poco.
Mi padre me miró y me dijo que no, que era su forma de decir que el amante francesito, con toda su palabrería, jamás le diría una cosa así. Que era su forma, su mejor forma, de decir que la quería.
Me quedé en silencio. Todavía hoy, cuando tengo que enfrentarme a comentar una obra narrativa me acuerdo de mi padre, sin estudios, sin interés ninguno por la cultura. De su capacidad de observación y de la posible relación de esa escena con una vida de matrimonio fiel. De cómo aprendí a pensarme las cosas dos veces, y buscar y apreciar las sutilezas.
Y pese a todo, mi padre sigue criticándome por ver los Simpson.
sábado 27 de septiembre de 2008
Hablando del asunto: Morente
Iniciamos lo que espero que sea una nueva sección del blog, con un disco de los que gusta compartir por este invento de la red de redes: descatalogado y catalogado varias veces, perdido y reeditado. Mientras se aclaran, que nos permitan disfrutarlo.
Si tuviera que elegir un referente en el mundo artístico, seguramente sería Enrique Morente. Quizá prefiero las obras de otros, pero la actitud hacia la vida y el arte de mi paisano es insuperable. Después de ser, junto a Camarón, la mejor voz del flamenco, reventó su propia trayectoria (como antes lo había hecho el de San Fernando con el fundamental "La leyenda del tiempo") abriéndose a nuevas etapas que están a punto de convertirle en el primer "cantaor electrónico" bajo asombro de propios y extraños.
Y es un referente por su valentía, por luchar contra el camino que le marcaban, por seguir asombrando siendo ya un adorable abuelete.
Mucho se ha dicho ya del disco "Omega", adaptación de canciones de García Lorca y Leonard Cohen en el que cambiaba la guitarra española por distorsiones eléctricas. O de su colaboración con el jazzista Pat Metheny en el "Sueña la Alhambra" (disco en el que llevaba a su cénit su "sample de jadeos", ya convertido en marca de la casa).
Os dejo un disco de 1988, donde todavía no coqueteaba con nuevos sonidos: prefería ahondar primero en la raíz del flamenco hasta conocerla a fondo. Sólo después, cuando ya conocía cada nota de cada palo, pudo hacer lo que le dio la gana; que tomen nota los experimentalistas irrespetuosos, ya que hay tantos. Las canciones de este disco no tienen título, sólo su palo; de lo esencial, a lo particular.
Como curiosidad, los fandangos de este disco han sido adaptados al rock por mis también paisanos planeteros, en el maravilloso "La leyenda del espacio".
ENRIQUE MORENTE - ESENCIAS FLAMENCAS
Si tuviera que elegir un referente en el mundo artístico, seguramente sería Enrique Morente. Quizá prefiero las obras de otros, pero la actitud hacia la vida y el arte de mi paisano es insuperable. Después de ser, junto a Camarón, la mejor voz del flamenco, reventó su propia trayectoria (como antes lo había hecho el de San Fernando con el fundamental "La leyenda del tiempo") abriéndose a nuevas etapas que están a punto de convertirle en el primer "cantaor electrónico" bajo asombro de propios y extraños.
Y es un referente por su valentía, por luchar contra el camino que le marcaban, por seguir asombrando siendo ya un adorable abuelete.
Mucho se ha dicho ya del disco "Omega", adaptación de canciones de García Lorca y Leonard Cohen en el que cambiaba la guitarra española por distorsiones eléctricas. O de su colaboración con el jazzista Pat Metheny en el "Sueña la Alhambra" (disco en el que llevaba a su cénit su "sample de jadeos", ya convertido en marca de la casa).
Os dejo un disco de 1988, donde todavía no coqueteaba con nuevos sonidos: prefería ahondar primero en la raíz del flamenco hasta conocerla a fondo. Sólo después, cuando ya conocía cada nota de cada palo, pudo hacer lo que le dio la gana; que tomen nota los experimentalistas irrespetuosos, ya que hay tantos. Las canciones de este disco no tienen título, sólo su palo; de lo esencial, a lo particular.
Como curiosidad, los fandangos de este disco han sido adaptados al rock por mis también paisanos planeteros, en el maravilloso "La leyenda del espacio".
ENRIQUE MORENTE - ESENCIAS FLAMENCAS
viernes 26 de septiembre de 2008
Demasiado violín
Me da mucha pena la desaparición del bajo, ese instrumento con timbre moribundo que en los ochenta le dio por bailar a lo loco, ¿qué ha pasado con él? Con lo poco que me gusta Queen, y cómo echo de menos esos riffs zumbones como el de "Another one bites the dust"
Ahora ponemos al bajo en el fondo de la mezcla, para que no se note, en vez de sacarlo a primera línea; es un instrumento muy útil, pero feo y bronco.Recuerda demasiado a la muerte. Preferimos los violines, con su timbre penetrante: lloran y te pasan el pañuelo moqueado por la cara, mucho más acorde con nuestra sociedad.
Porque estamos en un mundo pornográfico; las emociones están contagiadas por los programas de televisión donde se llora con aspavientos, se grita y se pegan puñetazos. Alguien que deja caer una pequeña lágrima por la mejilla no sufre a los ojos de nadie, y después de su suicidio dirán: "llevaba una vida feliz".
Nos preocupamos mucho de los videojuegos violentos o de las películas donde cortan orejas; yo he jugado toda mi vida a reventarle vísceras a hombres y extraterrestres, y disfruté como todos los de mi generación con Rambo, Seagal o McClane rafagueando metralletas. Tenían un efecto positivo: la violencia no se crea ni se destruye, y yo donaba la que recibía por las mañanas a mis sesiones de sangre por la tarde.
Es mucho más peligrosa la educación en la pornografía emocional del talk-show y derivados. Porque cada vez necesitaremos más estímulos para que algo nos afecte, cada vez harán falta más violines. No pensaremos que alguien está deprimido hasta que se ponga a dar puñetazos contra una pared, y nos plantearemos dejar a nuestra pareja por SMS o contar a todo el mundo cómo nos practican sexo oral.
Es normal porque sucede todos los días y nunca pasa nada.
Ahora ponemos al bajo en el fondo de la mezcla, para que no se note, en vez de sacarlo a primera línea; es un instrumento muy útil, pero feo y bronco.Recuerda demasiado a la muerte. Preferimos los violines, con su timbre penetrante: lloran y te pasan el pañuelo moqueado por la cara, mucho más acorde con nuestra sociedad.
Porque estamos en un mundo pornográfico; las emociones están contagiadas por los programas de televisión donde se llora con aspavientos, se grita y se pegan puñetazos. Alguien que deja caer una pequeña lágrima por la mejilla no sufre a los ojos de nadie, y después de su suicidio dirán: "llevaba una vida feliz".
Nos preocupamos mucho de los videojuegos violentos o de las películas donde cortan orejas; yo he jugado toda mi vida a reventarle vísceras a hombres y extraterrestres, y disfruté como todos los de mi generación con Rambo, Seagal o McClane rafagueando metralletas. Tenían un efecto positivo: la violencia no se crea ni se destruye, y yo donaba la que recibía por las mañanas a mis sesiones de sangre por la tarde.
Es mucho más peligrosa la educación en la pornografía emocional del talk-show y derivados. Porque cada vez necesitaremos más estímulos para que algo nos afecte, cada vez harán falta más violines. No pensaremos que alguien está deprimido hasta que se ponga a dar puñetazos contra una pared, y nos plantearemos dejar a nuestra pareja por SMS o contar a todo el mundo cómo nos practican sexo oral.
Es normal porque sucede todos los días y nunca pasa nada.
jueves 15 de mayo de 2008
En vert et contre tout
Me gustan los idiomas, pero supongo que por las razones contrarias a lo normal: no para relacionarme con los demás, sino conmigo mismo. Para encontrar nuevas formas de describir mi interior y alrededores. Para intentar explicarme mejor.
Por eso, después de analizar tantas películas francesas me dejé seducir por la fluidez de su idioma, una lengua que parece diseñada para hablar sin descanso ni cansancio, para meter el bisturí hasta lo más profundo del alma y describir sin prisa lo que se ve, como hacían los personajes de "Vivir su vida" o "El amor después del mediodía". Era lo que necesitaba.
Y pensé que me gustaría aprender más frases como "Je m'en fous"... no sería tan difícil después de oír tantas horas de Godard, Truffaut y Rohmer y Resnais. Así que podría estudiar un poco en el verano.
Y en esas estábamos, con la idea encaminada a ser una de tantas que nunca llevo a cabo. Hasta que se juntaron las circunstancias: yo buscaba gente con la que compartir mi pisito de alquiler, y encontré el anuncio de una chica que lo quería en mi zona: y era francesa, y guapa.
No acabamos compartiendo piso, pero sí muchas otras cosas. Y al final he aprendido el idioma, y a mi manera, como me gusta.
He visto que hay otra formar de ser visto, y de ser descrito. Que lo que me han hecho ver como rarezas, o defectos, pueden ser virtudes desde otra perspectiva. He descubierto conceptos que necesitaba y que no conocía.
A veces nos centramos en una sola forma de hacer las cosas, en un solo punto de vista, aunque lo compartan sesenta millones de personas. Es posible que otras personas le den importancia a lo mismo que yo, que pidan lo que yo doy.
Un día, por casualidad, di con una cita de una novela que no conocía ni de pasada. Retrataba mi fracaso.
"Pero lo más importante en los hombres son ojos y pies. Hay que saber ver el mundo y entrar en él".
Lo escribió Alfred Döblin en Berlin Alexanderplatz. Ahora lo leo, y sólo puedo decir: "Gracias Marion, por tus ojos y tus pies".
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